El monarca falleció a los 89 años en Oslo. Su hijo ascendió automáticamente al trono como Haakon VIII y recibe una institución estable, pero presionada por los escándalos familiares y el descenso del apoyo a la monarquía.
Noruega ha entrado en una nueva etapa histórica tras la muerte del rey Harald V, quien falleció pacíficamente durante la mañana del viernes 28 de agosto en el Hospital Universitario de Oslo. Tenía 89 años y había permanecido al frente de la Corona durante más de tres décadas.
La Casa Real informó que el fallecimiento se produjo a las 6:35 de la mañana. El Gobierno declaró un periodo de luto nacional que se mantendrá hasta la celebración del funeral, mientras las banderas permanecen a media asta en las residencias reales, los edificios gubernamentales y las instalaciones militares.
Miles de personas se congregaron frente al Palacio Real de Oslo para depositar flores, encender velas y despedir a un monarca considerado una figura de estabilidad, cercanía y unidad nacional. Iglesias y edificios municipales de diferentes regiones también abrieron libros de condolencias.
El primer ministro, Jonas Gahr Støre, afirmó que “una nación entera está de luto” y agradeció al rey una vida dedicada al servicio del país. En su mensaje oficial, destacó la confianza de Harald V en el pueblo noruego y su capacidad para acompañar a la sociedad durante sus momentos de alegría, incertidumbre y dolor.
Un príncipe marcado por la guerra
Harald nació el 21 de febrero de 1937 en Skaugum, cerca de Oslo. Fue el primer heredero directo al trono nacido en territorio noruego en casi seis siglos.
Tenía solamente tres años cuando la Alemania nazi invadió Noruega en abril de 1940. Mientras su padre, el entonces príncipe heredero Olav, permaneció junto al rey Haakon VII y el Gobierno noruego en el exilio europeo, Harald viajó con su madre, la princesa Märtha, y sus hermanas a Estados Unidos.
La familia permaneció allí durante gran parte de la Segunda Guerra Mundial. El joven príncipe regresó a Noruega en 1945, después de la liberación del país. Aquella experiencia influyó profundamente en su identificación con la democracia, la independencia nacional y la alianza atlántica.
Harald recibió formación civil y militar. Estudió en la Academia Militar Noruega y posteriormente cursó ciencias sociales, historia y economía en la Universidad de Oxford. También desarrolló una intensa afición por la navegación y representó a Noruega en tres ediciones de los Juegos Olímpicos: Tokio 1964, Ciudad de México 1968 y Múnich 1972.
En los Juegos de Tokio fue el abanderado de la delegación noruega.
Un matrimonio que ayudó a transformar la Corona
Uno de los episodios más significativos de su juventud fue su relación con Sonja Haraldsen, una mujer sin ascendencia aristocrática. La oposición inicial de la familia real y de sectores políticos mantuvo a la pareja esperando durante nueve años.
Harald llegó a comunicar a su padre, el rey Olav V, que no se casaría con otra mujer. Finalmente recibió autorización y contrajo matrimonio con Sonja en agosto de 1968.
La unión marcó un cambio importante para la monarquía noruega. El futuro rey defendió una elección personal frente a las convenciones dinásticas y abrió el camino para que la Casa Real se aproximara a una sociedad más igualitaria. Sonja se convertiría posteriormente en la primera reina consorte noruega de origen plebeyo.
La pareja tuvo dos hijos: la princesa Märtha Louise y el príncipe Haakon Magnus.
El reinado de la cercanía
Harald V ascendió al trono el 17 de enero de 1991, tras la muerte de su padre. Se convirtió en el primer monarca nacido en Noruega desde la Edad Media y heredó una institución profundamente ligada a la reconstrucción nacional posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Durante su reinado, Noruega se transformó en uno de los países más prósperos del mundo gracias, en buena medida, a sus recursos energéticos y a la administración de su enorme fondo soberano. También se convirtió en una sociedad más diversa, urbana y culturalmente abierta.
El rey carecía de poder político efectivo dentro del sistema parlamentario, pero desempeñó una función simbólica en momentos decisivos. Su estilo fue menos solemne que el de generaciones anteriores y estuvo marcado por la cercanía con las comunidades afectadas por tragedias y desastres.
Después de los atentados del 22 de julio de 2011, en los que Anders Behring Breivik asesinó a 77 personas en Oslo y en la isla de Utøya, Harald V acompañó públicamente el duelo nacional. Su visible emoción lo consolidó como una figura capaz de representar el dolor colectivo sin convertirlo en un acto político partidista.
Otro momento definitorio llegó en 2016, cuando pronunció un discurso en el que describió una Noruega integrada por personas procedentes de diferentes países, con distintas creencias y orientaciones sexuales. “Noruega son ustedes. Noruega somos nosotros”, sostuvo entonces, en un mensaje que se convirtió en una declaración sobre la identidad plural del país.
Su reinado también estuvo marcado por problemas de salud durante sus últimos años. Pese a varias hospitalizaciones y periodos en los que Haakon ejerció como regente, Harald rechazó la posibilidad de abdicar y mantuvo su compromiso de continuar como rey mientras tuviera fuerzas para hacerlo.
Haakon VIII asume la Corona
La sucesión se produjo de forma automática, como establece el sistema constitucional noruego. El hasta ahora príncipe heredero Haakon Magnus, de 53 años, se convirtió en el rey Haakon VIII inmediatamente después de la muerte de su padre.
Su esposa, Mette-Marit, pasó a ser reina, mientras que la princesa Ingrid Alexandra se convirtió en princesa heredera y primera en la línea de sucesión.
Haakon VIII adoptó el lema tradicional de la monarquía noruega, “Todo por Noruega”, utilizado también por su padre, su abuelo Olav V y su bisabuelo Haakon VII. De acuerdo con la tradición establecida desde 1908, no habrá una coronación. El nuevo monarca prestará juramento ante el Parlamento.
La transición no supone un cambio de Gobierno ni altera la dirección política del país. Noruega es una monarquía constitucional y parlamentaria en la que el rey reina, representa al Estado y cumple funciones ceremoniales, pero no gobierna.
El desafío de preservar la confianza
Haakon VIII recibe una monarquía institucionalmente sólida, aunque más vulnerable que la que heredó Harald V en 1991.
El nuevo rey lleva décadas preparándose para asumir el cargo y ejerció la regencia en numerosas ocasiones durante las enfermedades de su padre. Su formación, experiencia internacional y participación en asuntos ambientales y humanitarios le ofrecen una base favorable para presentar una Corona adaptada al siglo XXI.
Sin embargo, la sucesión ocurre después de varios escándalos relacionados con integrantes de la familia. Las controversias que rodearon a la princesa Märtha Louise, las revelaciones sobre antiguos contactos de Mette-Marit con Jeffrey Epstein y el proceso judicial contra Marius Borg Høiby, hijo de la nueva reina de una relación anterior, han afectado la reputación de la institución.
Un sondeo difundido por la radiotelevisión pública NRK situó recientemente el respaldo a la monarquía en aproximadamente un 60 %, su nivel más bajo registrado. Aunque todavía representa una mayoría, la cifra muestra que la continuidad de la Corona ya no puede darse por sentada.
El principal desafío de Haakon VIII será diferenciar la institución constitucional de los problemas personales de su familia. La transparencia, el uso responsable de los recursos públicos y una delimitación clara entre las actividades privadas y las funciones oficiales serán esenciales para recuperar confianza.
También deberá encontrar una identidad propia sin romper abruptamente con el legado de su padre. Harald V construyó su autoridad mediante la empatía y la discreción. Haakon tendrá que conservar esas cualidades, pero aplicarlas a una sociedad más crítica, digitalizada y menos deferente frente a las instituciones tradicionales.
¿Qué cambia para Noruega?
En términos políticos inmediatos, muy poco. La estabilidad del país descansa en el Parlamento, el Gobierno, el Estado de derecho y unas instituciones democráticas consolidadas, no en la figura personal del monarca.
Tampoco se espera que la sucesión altere la política exterior noruega. El país continuará siendo miembro estratégico de la OTAN, importante proveedor energético de Europa, mediador diplomático internacional y firme aliado de Ucrania.
El cambio será principalmente generacional y simbólico. Con la muerte de Harald V desaparece el último monarca noruego cuya infancia estuvo directamente marcada por la ocupación alemana y el exilio durante la Segunda Guerra Mundial.
Haakon VIII representa una generación formada en una Noruega próspera, multicultural y profundamente integrada en la cooperación internacional. Su reinado estará menos condicionado por la memoria de la guerra y más por debates contemporáneos: la transición energética, el cambio climático, la integración social, la relación con Europa y la legitimidad futura de la propia monarquía.
La Corona noruega no enfrenta una crisis constitucional inmediata. No obstante, ha perdido a la figura que durante 35 años funcionó como su principal fuente de estabilidad y afecto popular. El futuro de la institución dependerá ahora de que el nuevo rey demuestre que puede conservar esa cercanía, responder con claridad a los escándalos y justificar la utilidad de una monarquía hereditaria dentro de una de las democracias más igualitarias del mundo.