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Islandia celebrará el próximo 29 de agosto un referéndum para decidir si reabre las negociaciones de ingreso a la Unión Europea. Las encuestas muestran un empate prácticamente perfecto entre partidarios y detractores, mientras la pesca, el costo de vida, la soberanía y la creciente tensión en el Ártico dominan la campaña.

Islandia se encuentra a una semana de una votación que podría modificar profundamente su relación con Europa.

El próximo 29 de agosto, los islandeses deberán decidir si autorizan al Gobierno a reabrir las negociaciones para incorporarse a la Unión Europea, más de una década después de que Reikiavik abandonara el proceso de adhesión.

La votación, sin embargo, no decidirá si Islandia entra inmediatamente en la UE.

Si gana el “sí”, comenzaría una nueva negociación con Bruselas que podría durar entre uno y dos años. Cualquier acuerdo definitivo tendría que ser sometido posteriormente a un segundo referéndum, posiblemente en 2028.

Un país dividido exactamente por la mitad

La incertidumbre es prácticamente total.

Una encuesta de Gallup publicada este mes coloca el apoyo a la reapertura de negociaciones en 46%, exactamente el mismo porcentaje que rechaza iniciar las conversaciones. Otro 8% permanece indeciso.

La paradoja es que una parte de quienes están dispuestos a negociar con Bruselas todavía no está convencida de entrar finalmente en la Unión.

Los sondeos muestran que actualmente existe una mayoría contraria a la adhesión definitiva, lo que significa que un triunfo del “sí” el 29 de agosto simplemente permitiría conocer las condiciones que Europa estaría dispuesta a ofrecer antes de tomar una decisión final.

La pesca está en el centro de la batalla

Más que cualquier otro asunto, la pesca se ha convertido en el símbolo de la oposición islandesa a la Unión Europea.

Islandia construyó buena parte de su prosperidad moderna alrededor del control de sus aguas y de los recursos pesqueros del Atlántico Norte.

Ese control tiene además un profundo valor histórico.

Durante las denominadas Guerras del Bacalao, entre las décadas de 1950 y 1970, Islandia se enfrentó diplomática y físicamente al Reino Unido para ampliar sus zonas exclusivas de pesca y evitar la entrada de barcos extranjeros.

Medio siglo después, muchos islandeses temen que la adhesión a la UE obligue al país a incorporar sus recursos marítimos a la Política Pesquera Común europea, reduciendo la capacidad de Reikiavik para decidir quién puede pescar en sus aguas y bajo qué condiciones.

La pesca no representa únicamente una actividad económica.

Para una parte importante de la población se ha convertido en un símbolo de independencia y soberanía nacional.

El euro seduce a quienes están cansados del alto costo de vida

Los partidarios de acercarse a Europa presentan un argumento diferente: la economía.

Islandia utiliza actualmente la corona islandesa, una moneda pequeña y relativamente volátil.

Los defensores de la integración sostienen que una futura incorporación a la Unión podría permitir posteriormente adoptar el euro, reducir la volatilidad monetaria y contribuir a bajar unos tipos de interés que históricamente han sido elevados.

También argumentan que pertenecer plenamente al bloque europeo podría ayudar al país a negociar en mejores condiciones frente a economías mucho más grandes.

El elevado costo de vida se ha convertido precisamente en uno de los factores que han reabierto el debate europeo después de años de relativo desinterés.

Islandia ya está muy integrada en Europa

La discusión resulta particularmente compleja porque Islandia ya mantiene una relación extraordinariamente estrecha con la Unión Europea.

El país pertenece al Espacio Económico Europeo, lo que le permite participar en gran parte del mercado único europeo, y también forma parte del espacio Schengen, que elimina buena parte de los controles fronterizos entre sus miembros.

Pero Islandia no participa plenamente en las instituciones donde se toman muchas de las decisiones que posteriormente debe aplicar.

Los defensores del ingreso argumentan que pertenecer a la UE permitiría que el país tuviera representación en instituciones como la Comisión, el Parlamento y el Consejo Europeo.

Los opositores responden que esa representación tendría un costo demasiado elevado en términos de soberanía.

Trump, Rusia y el Ártico cambian la discusión

Hay además un componente geopolítico que prácticamente no existía cuando Islandia inició sus anteriores negociaciones en 2009.

La invasión rusa de Ucrania, el aumento de la actividad militar rusa en el Atlántico Norte y las declaraciones de Donald Trump sobre Groenlandia han obligado a los islandeses a reconsiderar su posición estratégica.

Islandia pertenece a la OTAN, pero no dispone de un ejército propio.

Su posición geográfica es especialmente importante porque se encuentra dentro del denominado corredor GIUK —Groenlandia, Islandia y Reino Unido—, una zona fundamental para vigilar el movimiento de submarinos y buques rusos desde el Ártico hacia el Atlántico.

Para algunos partidarios del acercamiento a Bruselas, integrarse en la Unión Europea añadiría una capa económica y política adicional a la seguridad del país.

Los opositores responden que la OTAN continúa siendo la verdadera garantía militar de Islandia y que entrar en la UE no resolvería sus problemas de defensa.

Un referéndum observado atentamente desde Bruselas

La votación interesa también al resto de Europa.

Funcionarios europeos consideran que una eventual decisión islandesa de regresar a la mesa de negociaciones demostraría que la Unión Europea mantiene capacidad de atracción en un momento en que también negocian su futuro países como Montenegro, Albania, Ucrania y Moldavia.

Islandia sería además un candidato relativamente sencillo de integrar.

Tiene una población de aproximadamente 400.000 habitantes, una economía desarrollada y ya aplica una parte considerable de la legislación europea mediante su participación en el Espacio Económico Europeo.

El principal obstáculo volvería a ser la pesca.

Bruselas ha indicado que conoce las particularidades islandesas y ha dejado abierta la posibilidad de buscar soluciones específicas durante una eventual negociación.

Una decisión que comenzó con la crisis de 2008

Islandia solicitó originalmente incorporarse a la Unión Europea en 2009, después del colapso de su sistema financiero durante la gran crisis bancaria internacional.

El país pasó cuatro años negociando con Bruselas, pero un Gobierno euroescéptico paralizó el proceso en 2013.

Más de una década después, el debate vuelve a estar abierto.

La primera ministra Kristrún Frostadóttir ha presentado la consulta como una oportunidad para resolver una discusión que ha acompañado a la política islandesa durante años.

Su Gobierno sostiene que una victoria del “no” debería cerrar nuevamente el asunto, mientras que una victoria del “sí” permitiría negociar primero y preguntar posteriormente a la población si acepta o rechaza el acuerdo conseguido con Bruselas.

El 29 de agosto, por tanto, los islandeses no decidirán todavía si quieren formar parte de la Unión Europea.

Decidirán algo quizá más inmediato: si quieren volver a abrir esa puerta después de haberla mantenido cerrada durante más de una década.