Los talibanes celebraron cinco años desde su regreso al poder en Afganistán presentando la caída de Kabul como una victoria histórica sobre Estados Unidos y sus aliados. El país tiene hoy menos guerra abierta que en 2021, pero el precio del nuevo orden ha sido especialmente devastador para las mujeres: 2,4 millones de niñas están excluidas de la educación secundaria y Afganistán se ha convertido en el único país del mundo donde las mujeres tienen formalmente prohibido estudiar tanto secundaria como universidad.
El 15 de agosto de 2021, los combatientes talibanes entraron en Kabul prácticamente sin resistencia después del colapso del Gobierno afgano respaldado durante dos décadas por Occidente.
Cinco años después, el movimiento convirtió aquella fecha en una celebración nacional.
Dirigentes talibanes reunidos en Kabul presentaron la retirada de Estados Unidos y sus aliados como el final de la ocupación extranjera y reivindicaron como principales logros haber terminado con dos décadas de guerra, recuperar el control territorial y establecer un Gobierno central capaz de imponer seguridad en gran parte del país.
Pero mientras los hombres del régimen celebraban, había una ausencia particularmente visible.
Las mujeres.
Cinco años borrando a las mujeres del espacio público
Cuando los talibanes regresaron al poder prometieron que su nuevo Gobierno sería diferente al régimen que gobernó Afganistán entre 1996 y 2001.
La promesa duró poco.
Desde entonces han emitido más de un centenar de decretos y restricciones que han reducido progresivamente la presencia femenina en prácticamente todos los ámbitos de la sociedad.
Las adolescentes no pueden asistir a la escuela secundaria.
Las mujeres no pueden estudiar en universidades.
Están excluidas de numerosos empleos públicos y privados, enfrentan restricciones para viajar sin un acompañante masculino y tienen limitado el acceso a determinados espacios públicos.
Afganistán es actualmente el único país del planeta que prohíbe formalmente a niñas y mujeres acceder a la educación secundaria y superior. (UNESCO)
La UNESCO calcula que alrededor de 2,4 millones de niñas han quedado privadas de la educación secundaria desde el regreso de los talibanes.
El impacto no terminará en esta generación.
La organización advierte que mantener las restricciones podría sacar del mercado laboral a unas 600.000 mujeres adicionales durante las próximas décadas y provocar pérdidas acumuladas de miles de millones de dólares para una economía que ya se encuentra entre las más frágiles del mundo.
Una generación que está creciendo sin conocer otra realidad
El quinto aniversario tiene además una dimensión particularmente inquietante.
Una niña que tenía siete años cuando los talibanes tomaron Kabul tiene hoy doce.
Es decir, comienza a llegar a la edad en la que el sistema le comunica que su educación prácticamente ha terminado.
Otra que tenía doce años en 2021 tiene ahora diecisiete y ha pasado prácticamente toda su adolescencia fuera de una escuela secundaria.
No estamos hablando ya de restricciones temporales mientras el nuevo régimen se organizaba.
Afganistán está formando una generación completa de mujeres bajo un sistema en el que estudiar, trabajar y participar libremente en la sociedad depende de su sexo.
Human Rights Watch sostiene que durante estos cinco años los talibanes han desmantelado sistemáticamente los derechos de mujeres y niñas, además de documentar abusos contra periodistas, opositores y minorías. (Human Rights Watch)
Los talibanes sí pueden mostrar un resultado: terminó una parte de la guerra
El balance, sin embargo, no puede entenderse únicamente desde las violaciones de derechos humanos.
Durante veinte años, Afganistán vivió una guerra permanente entre las fuerzas internacionales, el antiguo Gobierno afgano y los propios talibanes.
Ese conflicto terminó esencialmente cuando los talibanes ganaron.
Para millones de afganos, particularmente en zonas rurales, eso significó que desaparecieran buena parte de los bombardeos, enfrentamientos, controles militares y operaciones que habían convertido determinadas regiones en campos de batalla durante décadas.
Los talibanes reivindican precisamente esa reducción de la violencia como uno de los principales éxitos de su Gobierno.
Pero Afganistán no está completamente en paz.
El Estado Islámico mantiene presencia en el país y continúa representando una amenaza mediante atentados contra autoridades, minorías religiosas y población civil. Además, las relaciones del régimen con Pakistán se han deteriorado considerablemente.
La guerra que dominó Afganistán durante veinte años terminó.
La violencia no.
La otra crisis: pobreza y hambre
La victoria militar tampoco resolvió los enormes problemas económicos del país.
Afganistán continúa dependiendo profundamente de la asistencia internacional y afronta simultáneamente pobreza, sequías, desastres naturales y el retorno de grandes cantidades de afganos deportados desde países vecinos.
Human Rights Watch calcula que cerca del 40 % de la población necesita asistencia humanitaria urgente. (Human Rights Watch)
La situación se vuelve todavía más complicada porque el interés internacional por Afganistán ha disminuido.
Las guerras de Ucrania y Oriente Medio, además de los recortes de ayuda exterior realizados por distintos gobiernos, han reducido los recursos disponibles para organizaciones que trabajan dentro del país.
La ONU ha advertido además que muchas organizaciones dedicadas específicamente a ayudar a mujeres podrían desaparecer por falta de financiamiento.
El régimen ganó la guerra.
Pero todavía no ha conseguido construir una economía capaz de sostener por sí sola a Afganistán.
Cinco años después, los talibanes quieren reconocimiento
Aquí aparece uno de los mayores cambios respecto a 2021.
Los talibanes ya no luchan por conquistar Afganistán.
Ahora luchan por ser reconocidos como su Gobierno legítimo.
Durante estos cinco años han intentado fortalecer sus relaciones con China, Irán, Turquía, los países de Asia Central y otras potencias regionales.
En julio de 2025, Rusia se convirtió en el primer y hasta ahora único país que reconoció formalmente al Gobierno talibán. La mayoría de la comunidad internacional mantiene contactos con Kabul pero evita concederle legitimidad diplomática completa.
El problema para Occidente es cada vez más incómodo.
Cinco años después, los talibanes no parecen estar cerca de perder el poder.
Controlan el territorio, las instituciones, las fuerzas de seguridad y las fronteras.
Ignorarlos indefinidamente resulta complicado.
Reconocerlos sin exigir cambios significaría, en la práctica, aceptar como normal un régimen que excluye sistemáticamente a la mitad de su población.
Europa comienza a acercarse
Algunos gobiernos europeos han comenzado a mantener contactos más pragmáticos con las autoridades talibanes, especialmente por cuestiones migratorias y por la necesidad de gestionar deportaciones de ciudadanos afganos.
Para los defensores de esos contactos se trata simplemente de realismo diplomático: para devolver ciudadanos a Afganistán es necesario hablar con quien controla Afganistán.
Para sus críticos, el riesgo es evidente.
Cada reunión oficial, cada delegación y cada acuerdo técnico contribuyen poco a poco a normalizar internacionalmente un régimen que no ha realizado prácticamente ninguna concesión significativa en materia de derechos de las mujeres. (El País)
Ese será probablemente uno de los grandes debates de los próximos años.
¿Debe el mundo continuar aislando a un Gobierno que probablemente seguirá gobernando, o negociar con él aun cuando sus políticas contradigan algunos de los principios básicos que Occidente afirma defender?
Cinco años después, los talibanes ganaron. Las mujeres perdieron.
Para los talibanes, el aniversario representa una victoria indiscutible.
Estados Unidos se fue.
La OTAN se fue.
El Gobierno respaldado por Occidente desapareció.
La insurgencia se convirtió en Estado.
Y después de cinco años no existe dentro de Afganistán una fuerza capaz de disputar seriamente su poder.
Desde esa perspectiva, ganaron.
Pero existe otra forma de medir esos mismos cinco años.
2,4 millones de niñas sin educación secundaria. Mujeres expulsadas de las universidades. Profesionales obligadas a abandonar sus carreras. Restricciones para trabajar, viajar y participar de la vida pública. Una economía todavía dependiente de la ayuda internacional y millones de personas necesitadas de asistencia humanitaria. (UNESCO)
Los talibanes consiguieron algo que durante veinte años parecía imposible: recuperar Afganistán.
Ahora quieren que el mundo acepte que su victoria es irreversible.
Cinco años después, esa posibilidad parece cada vez más real.
La pregunta ya no es si los talibanes pueden conservar el poder.
La verdadera pregunta es cuánto está dispuesto el resto del mundo a aceptar para volver a relacionarse con ellos.