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El fortalecimiento del fenómeno climático podría encarecer los alimentos y la electricidad, afectar la producción agrícola y obligar a los bancos centrales latinoamericanos a mantener elevadas las tasas de interés. Colombia aparece como una de las economías más vulnerables.

El rápido fortalecimiento del fenómeno de El Niño amenaza con convertirse en una nueva fuente de presión económica para América Latina, una región que todavía enfrenta dificultades para consolidar la reducción de la inflación, equilibrar sus finanzas públicas y recuperar un crecimiento sostenido.

Los principales organismos meteorológicos internacionales advierten que el calentamiento del océano Pacífico tropical continuará intensificándose durante el segundo semestre de 2026. Las proyecciones indican que el episodio podría alcanzar una intensidad muy fuerte entre octubre y diciembre y extenderse hasta los primeros meses de 2027.

Aunque sus efectos varían entre países, El Niño suele modificar los patrones de lluvia y temperatura. En algunas zonas provoca sequías prolongadas y olas de calor, mientras que en otras incrementa las precipitaciones, las inundaciones y los daños en carreteras, puentes y sistemas productivos.

Esta combinación podría trasladarse directamente a los precios de los alimentos, la electricidad, el transporte y otros servicios básicos, elevando nuevamente el costo de vida de millones de hogares latinoamericanos.

Colombia aparece como la economía más expuesta

Colombia figura entre los países con mayor vulnerabilidad económica frente al nuevo episodio climático debido a la combinación de tres factores: la importancia de los alimentos dentro del gasto familiar, la dependencia del sistema eléctrico de la generación hidroeléctrica y la limitada capacidad fiscal del Estado para responder a una emergencia prolongada.

La sequía asociada con El Niño puede reducir el nivel de los embalses y limitar la producción de las centrales hidroeléctricas, que han generado aproximadamente entre dos tercios y el 70 % de la electricidad colombiana durante los últimos años.

Cuando disminuye la disponibilidad de agua, el país debe recurrir con mayor frecuencia a plantas térmicas alimentadas con gas, carbón o combustibles líquidos. Esa sustitución aumenta los costos de generación y puede trasladarse posteriormente a las tarifas pagadas por hogares y empresas.

La agricultura colombiana también podría verse afectada por la reducción de las lluvias y el aumento de las temperaturas. Cultivos como el arroz, el maíz, la papa, el café, las frutas y las hortalizas son sensibles a los cambios en la disponibilidad de agua.

Una menor producción agrícola elevaría los precios en los mercados internos, afectando especialmente a las familias de menores ingresos, que destinan una proporción mayor de sus recursos a la compra de alimentos.

El riesgo económico es todavía mayor porque Colombia llega al fenómeno con una inflación resistente, dificultades para controlar el déficit público y poco margen para implementar subsidios de gran escala sin aumentar el endeudamiento.

Las tasas de interés podrían permanecer elevadas

El impacto de El Niño no se limitaría a las cosechas o al precio de la energía. Un aumento de la inflación también podría modificar las decisiones de los bancos centrales latinoamericanos.

Si los alimentos y la electricidad comienzan a encarecerse, las autoridades monetarias podrían retrasar nuevos recortes de tasas o incluso endurecer nuevamente su política para evitar que el aumento temporal de los precios se extienda al resto de la economía.

Las tasas elevadas ayudan a contener la inflación, pero también encarecen los créditos hipotecarios, empresariales y de consumo. Esto podría limitar la inversión, reducir las compras de los hogares y debilitar el crecimiento económico regional durante 2027.

El desafío para los bancos centrales consistirá en determinar qué parte de la inflación corresponde a una alteración temporal provocada por el clima y qué parte podría convertirse en un incremento permanente de los precios.

Una respuesta excesivamente restrictiva podría enfriar la actividad económica, mientras que una reacción tardía podría deteriorar la confianza en las monedas y alimentar nuevas presiones inflacionarias.

Perú, Brasil y Panamá también enfrentan riesgos

Perú se encuentra entre los países más expuestos a los efectos directos de El Niño. El calentamiento del océano puede alterar la pesca, afectar la agricultura costera y provocar lluvias intensas, inundaciones y daños en la infraestructura de transporte.

La interrupción de carreteras y puentes puede dificultar el traslado de productos agrícolas, aumentar los costos logísticos y provocar escasez temporal en algunas ciudades.

Brasil enfrenta una situación más compleja y desigual. El fenómeno puede llevar sequías a determinadas regiones y lluvias intensas a otras, afectando cultivos, generación eléctrica, transporte fluvial y producción ganadera.

La magnitud de su economía convierte cualquier alteración en la producción de soja, maíz, café, azúcar o carne en un asunto de importancia internacional, debido a que Brasil es uno de los mayores exportadores mundiales de alimentos.

Panamá también podría enfrentar dificultades si la reducción de las lluvias disminuye el nivel de los lagos que abastecen al Canal. Una menor disponibilidad de agua podría obligar a restringir el calado de los barcos o reducir la cantidad diaria de tránsitos, afectando el comercio mundial y los ingresos del país.

En Venezuela, las sequías podrían ejercer presión sobre la generación hidroeléctrica, mientras que los países del Corredor Seco centroamericano enfrentan un riesgo creciente para los cultivos de subsistencia, la seguridad alimentaria y el abastecimiento de agua.

Argentina podría obtener beneficios agrícolas

Los efectos de El Niño no son negativos para toda América Latina. En Argentina, el aumento de las lluvias puede mejorar la humedad de los suelos y favorecer la producción de soja, maíz y otros cultivos.

Una buena cosecha permitiría incrementar las exportaciones agrícolas, aumentar el ingreso de divisas y mejorar la recaudación fiscal.

Sin embargo, las precipitaciones excesivas también pueden provocar inundaciones, retrasar la siembra o la cosecha y afectar el transporte de granos hacia los puertos.

El resultado dependerá de la intensidad, ubicación y duración de las lluvias, por lo que incluso los países que podrían beneficiarse deberán mantener sistemas de vigilancia y respuesta.

Un fenómeno climático con consecuencias económicas globales

El Niño es un fenómeno natural asociado con el calentamiento anormal de las aguas del Pacífico ecuatorial. Generalmente aparece cada dos a siete años y suele durar entre nueve y doce meses.

Su influencia, sin embargo, se extiende mucho más allá del océano. Los cambios en las lluvias, temperaturas y corrientes de aire pueden alterar cosechas, precios energéticos, rutas marítimas y cadenas internacionales de suministro.

El actual episodio resulta especialmente preocupante porque coincide con temperaturas globales elevadas, presupuestos públicos limitados y una economía internacional expuesta a conflictos, restricciones comerciales y altos costos financieros.

Los gobiernos latinoamericanos deberán fortalecer los sistemas de alerta temprana, administrar las reservas de agua, proteger la infraestructura eléctrica y apoyar a los productores agrícolas antes de que las pérdidas se materialicen.

También será necesario evitar que los subsidios generalizados comprometan todavía más las finanzas públicas. Las ayudas deberán concentrarse en los hogares vulnerables y en los sectores productivos directamente afectados.

El verdadero impacto económico de El Niño dependerá de su intensidad y de la capacidad de cada país para anticiparse. Sin embargo, las señales actuales indican que el fenómeno ya no debe ser considerado únicamente como una amenaza climática.

Para América Latina, El Niño puede convertirse en una prueba simultánea para la seguridad alimentaria, la estabilidad energética, las finanzas públicas y la lucha contra la inflación.

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