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La Amazonía vuelve a colocarse en el centro del tablero político y económico de América Latina. Ya no se trata únicamente de una discusión ambiental, sino de una disputa estratégica sobre energía, minería, seguridad, soberanía territorial, desarrollo rural y poder regional. Colombia, Perú y Brasil, tres países clave para el futuro del bioma amazónico, enfrentan escenarios políticos que podrían alterar el equilibrio entre conservación y explotación de recursos naturales.

El debate se intensificó tras la elección presidencial en Colombia de Abelardo de la Espriella, cuyo ascenso plantea una posible revisión del modelo ambiental impulsado por el gobierno saliente de Gustavo Petro. Según reportes de AP, De la Espriella defendió durante su campaña la reactivación del sector petrolero, el fracking y un mayor aprovechamiento de los recursos naturales como motor de crecimiento económico. Esa posición contrasta con la línea de Petro, quien había promovido una agenda internacional centrada en la transición energética y la protección de la Amazonía.

El cambio colombiano no ocurre aislado. En Perú, la expansión de la minería —especialmente la minería ilegal de oro— mantiene bajo presión a territorios amazónicos, ríos y comunidades indígenas. En Brasil, el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva exhibe avances en reducción de deforestación, pero también enfrenta contradicciones por los planes de exploración petrolera vinculados a Petrobras en zonas sensibles cercanas a la desembocadura del Amazonas.

Colombia: del ambientalismo de Petro al pragmatismo extractivo

Colombia había dado un paso simbólico y jurídico relevante en 2025 al declarar su Amazonía como zona de reserva de recursos naturales renovables, una medida que formalmente limitaba nuevas actividades de gran minería e hidrocarburos en esa región. La decisión fue presentada como un intento de blindar el 42% del territorio colombiano que forma parte del bioma amazónico.

Sin embargo, el nuevo escenario político abre la puerta a una revisión de prioridades. De la Espriella llega al poder con una agenda más cercana al crecimiento económico, la seguridad fronteriza y la cooperación con gobiernos regionales de derecha. El País reportó que su alineamiento diplomático apunta hacia una mayor coordinación con gobiernos como los de Ecuador, Panamá y Perú, mientras Brasil aparece como el principal vecino con una orientación política distinta por la permanencia de Lula.

La pregunta central es si el nuevo gobierno colombiano mantendrá los límites ambientales heredados o si buscará flexibilizarlos en nombre de la inversión, el empleo y la seguridad energética. En la práctica, el punto de tensión estará en las licencias ambientales, las consultas indígenas, la presencia estatal en zonas dominadas por economías ilegales y la relación entre desarrollo rural y conservación.

Perú: minería ilegal, oro y debilidad institucional

En Perú, la Amazonía enfrenta una presión distinta, pero igualmente decisiva: la minería ilegal de oro. AP reportó este año que esta actividad se está extendiendo hacia nuevas zonas de la Amazonía peruana, avanzando por ríos remotos y territorios indígenas, con impactos ambientales, sanitarios y de seguridad.

El problema no es solo ecológico. La minería ilegal mueve economías criminales, contamina ríos con mercurio, desplaza comunidades y erosiona la autoridad estatal. Conservación Amazónica y MAAP han documentado que la deforestación minera en la Amazonía peruana alcanzaba cerca de 139.169 hectáreas a mediados de 2025, con la mayor concentración en Madre de Dios, aunque con expansión hacia regiones como Loreto, Ucayali, Huánuco y Pasco.

En este contexto, cualquier giro político en Lima tendrá efectos directos sobre la Amazonía. Una agenda centrada en inversión minera y crecimiento económico puede fortalecer sectores formales, pero también corre el riesgo de ampliar zonas grises si no va acompañada de control territorial, trazabilidad, protección de comunidades y combate real a las redes ilegales.

Brasil: avances contra la deforestación, pero contradicciones petroleras

Brasil sigue siendo el actor decisivo. Su porción amazónica es la más grande de la región y cualquier cambio en Brasilia repercute en todo el equilibrio ambiental sudamericano. Bajo Lula, la deforestación en la Amazonía brasileña cayó 11,08% en los doce meses hasta julio de 2025, alcanzando su nivel más bajo en once años, según datos oficiales citados por Reuters.

Ese resultado fortaleció la imagen internacional de Brasil como potencia climática, especialmente después de albergar la COP30 en Belém. Pero la política amazónica brasileña mantiene una tensión interna: por un lado, reducción de deforestación, bioeconomía y diplomacia ambiental; por otro, apoyo a proyectos petroleros de Petrobras cerca de la desembocadura del Amazonas.

La contradicción brasileña resume el dilema regional: ningún gobierno quiere aparecer como destructor de la Amazonía, pero todos enfrentan presiones fiscales, energéticas, mineras y electorales que empujan hacia un mayor uso económico del territorio.

La Amazonía ya no es solo ambiente: es seguridad y geopolítica

La nueva disputa amazónica tiene al menos cinco dimensiones. La primera es energética, porque petróleo, gas y transición verde chocan en países que necesitan ingresos fiscales. La segunda es minera, por la demanda global de oro, cobre, litio y otros recursos estratégicos. La tercera es criminal, porque la minería ilegal y otras economías ilícitas se expanden donde el Estado no controla el territorio. La cuarta es indígena, por el derecho de consulta y la protección de comunidades. Y la quinta es geopolítica, porque Estados Unidos, China y Europa observan la Amazonía como una reserva estratégica de biodiversidad, agua, carbono y minerales.

El debate tampoco puede reducirse a una oposición simple entre “ambientalistas” y “desarrollistas”. La región necesita crecimiento, infraestructura y empleo. Pero también enfrenta el costo de un modelo extractivo sin controles: deforestación, violencia, contaminación, pérdida de biodiversidad y debilitamiento institucional.

Un nuevo ciclo regional

La Amazonía entra así en un nuevo ciclo político. Colombia podría pasar de una diplomacia climática activa a una agenda más pragmática y extractiva. Perú sigue atrapado entre minería, informalidad y falta de control territorial. Brasil intenta sostener liderazgo ambiental mientras mantiene abierta la puerta petrolera.

El resultado será decisivo para América Latina. Si los gobiernos logran combinar seguridad, inversión, bioeconomía, consulta indígena y protección efectiva del bosque, la Amazonía puede convertirse en una plataforma de desarrollo sostenible. Si prevalece la lógica de explotación rápida y control estatal débil, el mayor bosque tropical del mundo podría transformarse en el nuevo epicentro de conflictos políticos, económicos y ambientales de la región.