0 8 mins 16 minutos

América Latina vuelve a enfrentar una realidad incómoda: la región sigue creciendo poco, incluso en un momento en que el nearshoring, la transición energética, los recursos naturales y la relocalización de cadenas globales deberían abrir nuevas oportunidades de inversión.

El Banco Mundial proyecta que América Latina y el Caribe crecerán apenas 2,1 % en 2026, por debajo del 2,4 % registrado en 2025. Para 2027, el organismo prevé una ligera mejora hasta 2,4 %, pero el mensaje de fondo es claro: la región continúa atrapada en una trayectoria de bajo crecimiento.

El problema no es solamente estadístico. Un crecimiento de 2,1 % limita la creación de empleo formal, reduce el margen fiscal de los gobiernos, complica la reducción de la pobreza y estrecha la capacidad de financiar infraestructura, seguridad, educación y salud.

Una región con oportunidades, pero sin velocidad suficiente

América Latina no carece de ventajas. Tiene energía, alimentos, minerales críticos, biodiversidad, cercanía al mercado estadounidense, conexión con China, potencial turístico, talento joven y una posición estratégica en la nueva economía global.

Sin embargo, esas ventajas no se están convirtiendo con suficiente rapidez en crecimiento sostenido. El informe del Banco Mundial apunta a una combinación de factores que frenan el dinamismo regional: costos de endeudamiento todavía altos, demanda externa débil, presiones inflacionarias asociadas a la incertidumbre geopolítica y baja inversión privada.

Dicho de forma simple: hay oportunidades, pero los países no están logrando transformarlas en productividad, empleo e inversión a gran escala.

El costo político del bajo crecimiento

El bajo crecimiento no es solo un problema económico. También es un problema político.

Cuando las economías crecen poco, los gobiernos tienen menos recursos para cumplir promesas, financiar programas sociales o invertir en infraestructura. Al mismo tiempo, los ciudadanos sienten más presión por el costo de vida, la informalidad laboral y la falta de oportunidades.

Ese escenario suele alimentar malestar social, voto de castigo, polarización y discursos políticos más radicales. América Latina ya conoce ese ciclo: economías débiles, Estados fiscalmente presionados, ciudadanos frustrados y sistemas políticos cada vez más tensos.

En ese sentido, el dato del Banco Mundial no debe leerse únicamente como una proyección macroeconómica. Es también una advertencia sobre gobernabilidad.

La deuda reduce el margen de maniobra

Uno de los principales obstáculos para la región es el peso de la deuda y el costo de financiarla.

Después de la pandemia, muchos gobiernos quedaron con mayores niveles de endeudamiento. Luego vino un período de tasas de interés altas, inflación persistente y presiones fiscales. El resultado es que buena parte del presupuesto público se destina a pagar deuda o intereses, en lugar de financiar inversión productiva.

Esto afecta especialmente a los países con menor credibilidad fiscal o instituciones más frágiles. Cuando los inversionistas perciben riesgo, exigen mayores rendimientos para prestar dinero. Eso encarece el crédito, reduce el espacio para obra pública y limita la capacidad del Estado para impulsar la economía.

Inversión privada: la pieza que no termina de despegar

El Banco Mundial también señala la debilidad de la inversión privada como uno de los factores que limitan el crecimiento regional.

La inversión privada depende de reglas claras, seguridad jurídica, estabilidad macroeconómica, infraestructura, talento y confianza política. En varios países latinoamericanos, esos elementos siguen siendo irregulares.

La región compite por atraer capital en un mundo donde las empresas buscan diversificar cadenas de suministro, reducir dependencia de Asia y acercarse a mercados estratégicos. Pero para aprovechar esa oportunidad, América Latina necesita algo más que ubicación geográfica: necesita instituciones confiables, energía competitiva, seguridad, logística eficiente y menos incertidumbre regulatoria.

Nearshoring: oportunidad real, pero no automática

El nearshoring ha sido presentado como una gran oportunidad para América Latina, especialmente para México, Centroamérica, el Caribe y algunos países sudamericanos. La idea es simple: empresas que antes producían lejos de sus mercados finales buscan instalar operaciones más cerca de Estados Unidos y otros centros de consumo.

Pero el nearshoring no llega por decreto. Las empresas no se trasladan solo porque un país esté cerca. Buscan seguridad, puertos, carreteras, energía estable, talento técnico, reglas laborales claras, trámites eficientes y protección jurídica.

Por eso, aunque la región tiene una oportunidad histórica, el crecimiento proyectado por el Banco Mundial muestra que todavía no se ha producido un salto estructural.

Ganadores y rezagados dentro de la región

El panorama latinoamericano no es uniforme. Algunos países pueden beneficiarse más de la relocalización industrial, las exportaciones agrícolas, los minerales críticos o el turismo. Otros enfrentan mayores dificultades por deuda, inseguridad, debilidad institucional o dependencia energética.

Centroamérica y el Caribe tienen oportunidades ligadas a logística, turismo, servicios y cercanía con Estados Unidos. Sudamérica conserva una ventaja fuerte en alimentos, minería, energía y materias primas. México sigue siendo el gran candidato regional para capturar nearshoring industrial.

Pero el problema común es la productividad. América Latina puede exportar más, atraer más inversión o recibir mejores precios por materias primas, pero si no mejora su productividad, seguirá creciendo menos de lo que necesita.

Una advertencia para los gobiernos

La proyección de 2,1 % debería encender alarmas en los gobiernos de la región. No basta con administrar la coyuntura. América Latina necesita reformas que eleven la productividad, mejoren la calidad del gasto público, fortalezcan la seguridad jurídica y reduzcan los costos de hacer negocios.

La discusión no debería limitarse a si el Estado debe ser más grande o más pequeño. La pregunta clave es si el Estado funciona, si invierte bien, si regula con inteligencia y si crea condiciones para que el sector privado genere empleo formal.

Sin crecimiento sostenido, los programas sociales se vuelven fiscalmente más difíciles. Sin inversión, no hay empleos de calidad. Sin productividad, la región pierde competitividad. Y sin estabilidad política, el capital se mueve hacia otros destinos.

América Latina necesita crecer más y mejor

El dato del Banco Mundial confirma que América Latina sigue por debajo de su potencial. Una región con recursos naturales, talento humano, ubicación estratégica y capacidad exportadora no debería conformarse con crecer cerca del 2 %.

El desafío es transformar ventajas naturales en ventajas productivas. Eso implica infraestructura, educación técnica, digitalización, seguridad, energía competitiva, instituciones sólidas y políticas públicas menos improvisadas.

La conclusión es dura, pero necesaria: América Latina no está condenada al bajo crecimiento, pero sí puede quedarse atrapada en él si no corrige sus problemas estructurales.

La región tiene oportunidades. Lo que todavía no tiene es suficiente velocidad para convertirlas en desarrollo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *