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Perú se encamina a una nueva etapa política marcada por la polarización. Keiko Fujimori, líder de Fuerza Popular e hija del expresidente Alberto Fujimori, mantiene una ventaja prácticamente irreversible sobre Roberto Sánchez en la segunda vuelta presidencial, en una de las elecciones más estrechas de la historia reciente del país.

Con casi todo el conteo procesado, Fujimori alcanza alrededor del 50,12% de los votos válidos, frente al 49,88% de Sánchez. La diferencia es mínima, pero suficiente para colocar a la candidata conservadora a las puertas de la Presidencia, mientras el país espera la proclamación formal de las autoridades electorales.

El resultado retrata a un Perú dividido casi exactamente en dos mitades. Una parte del electorado apostó por Fujimori como promesa de orden, seguridad y estabilidad económica. La otra respaldó a Sánchez como expresión de rechazo al fujimorismo, demanda de cambio social y desconfianza frente a las élites políticas tradicionales.

Una elección definida por márgenes mínimos

La segunda vuelta no se resolvió en la noche electoral. El conteo avanzó lentamente durante varios días, con una atención especial sobre las actas observadas y el voto de los peruanos en el exterior, que terminó siendo clave para inclinar la balanza a favor de Fujimori.

Sánchez tuvo fuerte respaldo en regiones rurales, zonas andinas y sectores populares. Fujimori, en cambio, logró mejores resultados en Lima, entre votantes urbanos y, especialmente, entre los peruanos residentes fuera del país. Esa diferencia territorial y social explica la profundidad de la fractura política que deja la elección.

La fotografía final no es la de una victoria amplia, sino la de una presidencia nacida con margen mínimo. Fujimori puede ganar el conteo, pero tendrá que construir legitimidad política en un país que llega agotado por años de crisis, presidentes débiles, choques entre poderes del Estado y desconfianza ciudadana.

Sánchez denuncia fraude y desconoce el resultado

Roberto Sánchez se negó a reconocer la ventaja de Fujimori y denunció un presunto fraude, centrando sus cuestionamientos en el voto emitido por peruanos en el extranjero. Su campaña pidió excluir esos votos al considerar que hubo cambios irregulares en el procedimiento de transmisión de actas desde consulados.

Las autoridades peruanas han sostenido que los cambios operativos respondieron a problemas técnicos y que fueron autorizados por los órganos electorales. Hasta el momento, las principales misiones de observación internacional no han validado la existencia de un fraude sistemático capaz de alterar el resultado.

Ese punto es central. En una elección tan cerrada, cualquier irregularidad debe ser revisada con rigor. Pero una denuncia política no equivale por sí sola a fraude electoral. Para cambiar el resultado, Sánchez tendría que demostrar irregularidades concretas, masivas y suficientes para modificar la voluntad expresada en las urnas.

El regreso del fujimorismo al poder

El eventual triunfo de Keiko Fujimori marca el regreso del fujimorismo al Ejecutivo, una de las corrientes más influyentes y divisivas de la política peruana. Para sus seguidores, representa orden, seguridad, control del crimen y estabilidad económica. Para sus críticos, simboliza autoritarismo, corrupción y concentración de poder, asociados al legado de Alberto Fujimori en los años noventa.

Keiko intentó moderar su imagen durante la campaña, presentándose como una dirigente capaz de formar un gabinete técnico, restaurar la gobernabilidad y enfrentar la inseguridad. Pero su apellido sigue siendo una frontera emocional en Perú. El antifujimorismo no desaparece con su victoria; probablemente se convierta en una de las fuerzas centrales de oposición.

Ese será uno de los principales desafíos de su eventual gobierno: gobernar sin tratar la elección como una revancha. Si Fujimori interpreta el resultado como un cheque en blanco, profundizará la fractura. Si lo entiende como un mandato estrecho que exige diálogo, podría reducir la tensión inicial.

Un país agotado por la inestabilidad

Perú llega a este desenlace después de una década de crisis institucional casi permanente. Presidentes destituidos o debilitados, congresos fragmentados, investigaciones fiscales, protestas sociales y choques constantes entre Ejecutivo y Legislativo han erosionado la confianza pública.

La paradoja peruana es conocida: el país mantiene sectores económicos fuertes, especialmente minería, exportaciones y estabilidad macroeconómica relativa, pero su sistema político produce gobiernos débiles y altamente vulnerables.

Fujimori deberá enfrentar tres frentes inmediatos. El primero será la seguridad, uno de los temas centrales de su campaña. El segundo será la economía, donde buscará enviar señales de estabilidad a inversionistas y sectores productivos. El tercero será el Congreso, donde necesitará alianzas para evitar que su gobierno quede atrapado en la misma dinámica que debilitó a sus antecesores.

La oposición nace fuerte

Sánchez no sale de la elección como un actor derrotado sin peso. Su votación lo convierte en líder natural de una oposición social y política con presencia territorial. Si mantiene la denuncia de fraude como eje, puede alimentar una crisis postelectoral prolongada. Si decide trasladar su fuerza al terreno institucional, será un contrapeso significativo.

El riesgo para Perú es que ambas vías se combinen: presión callejera, impugnaciones legales y bloqueo político. Una presidencia nacida por margen mínimo puede enfrentar protestas desde el primer día, especialmente si no logra enviar señales claras de apertura.

En resumen…

Keiko Fujimori se encamina a la Presidencia con una victoria mínima y una carga política enorme. El conteo puede cerrar una elección, pero no cierra la crisis de legitimidad que atraviesa Perú.

El país queda partido en dos: una mitad espera orden y estabilidad; la otra teme el retorno de un proyecto político que considera autoritario y excluyente. Entre ambas, Fujimori deberá gobernar un Estado frágil, un Congreso fragmentado y una sociedad con poca paciencia para nuevos experimentos fallidos.

La elección terminó voto a voto. La gobernabilidad, en cambio, apenas comienza.