Tesla y SpaceX invertirán inicialmente US$16.800 millones en Terafab, un gigantesco complejo de semiconductores que será construido en Texas. La apuesta busca reducir la dependencia de proveedores externos y asegurar los chips que Elon Musk considera indispensables para robots Optimus, vehículos autónomos, inteligencia artificial y los futuros centros de datos que SpaceX pretende instalar en el espacio.
Elon Musk está llevando la integración de sus compañías a un terreno hasta ahora reservado casi exclusivamente a los grandes fabricantes mundiales de semiconductores.
Tesla y SpaceX confirmaron que construirán Terafab en el condado de Grimes, Texas, con una inversión inicial de US$16.800 millones.
El proyecto pretende convertirse en una fábrica de semiconductores completamente integrada, capaz de fabricar, empaquetar y probar chips avanzados de lógica y memoria dentro de un mismo complejo industrial. SpaceX calcula que la planta tendrá más de 100 millones de pies cuadrados de espacio productivo y empleará al menos a 3.000 personas.
Pero la dimensión física de Terafab es solamente una parte de la historia.
El verdadero objetivo es controlar uno de los recursos que está definiendo la economía tecnológica del siglo XXI: la capacidad de cómputo.
Musk cree que simplemente no habrá suficientes chips
Tesla y SpaceX estiman que sus proyectos futuros podrían necesitar conjuntamente más de un teravatio de capacidad de cómputo, una escala que, según ambas compañías, supera ampliamente la disponibilidad que esperan encontrar en el mercado tradicional de semiconductores durante los próximos años.
La conclusión de Musk es que comprar chips a terceros ya no será suficiente.
Terafab pretende crear una cadena propia capaz de producir grandes cantidades de procesadores específicamente diseñados para las necesidades de sus empresas.
Esto representa un cambio considerable frente al modelo utilizado hasta ahora por la mayoría de las grandes compañías tecnológicas.
Empresas como Nvidia, Apple, AMD o numerosas firmas de inteligencia artificial diseñan muchos de sus propios procesadores, pero dependen de fabricantes especializados —especialmente TSMC y Samsung— para convertir esos diseños en chips físicos.
Musk quiere avanzar un paso más: controlar también una parte significativa de la fabricación.
Optimus será uno de los grandes consumidores
Una de las razones principales es el robot humanoide Optimus de Tesla.
Si la compañía consigue producir estos robots en las cantidades que Musk proyecta, necesitará enormes volúmenes de chips capaces de procesar información visual, ejecutar modelos de inteligencia artificial y controlar movimientos en tiempo real.
Los robots no pueden depender permanentemente de grandes centros de datos para tomar cada decisión.
Necesitan una cantidad considerable de procesamiento directamente en el dispositivo.
Terafab fabricará precisamente procesadores optimizados para ese tipo de edge computing o computación en el extremo.
La misma infraestructura servirá para los Cybercabs, los vehículos autónomos que Tesla pretende operar sin conductor humano.
Cada vehículo necesita procesar continuamente imágenes procedentes de cámaras, analizar el entorno y tomar decisiones con una latencia extremadamente baja.
Por eso, para Tesla el futuro de la conducción autónoma es también, inevitablemente, un problema de semiconductores.
Y luego está el espacio
La parte más ambiciosa del proyecto probablemente pertenece a SpaceX.
La compañía contempla utilizar chips fabricados por Terafab para sus futuros centros de datos espaciales.
La idea consiste en trasladar parte de la infraestructura utilizada para inteligencia artificial a plataformas orbitales, donde grandes cantidades de satélites podrían realizar tareas de procesamiento, entrenamiento o inferencia.
Todavía se trata de un concepto tecnológicamente extraordinariamente complejo, pero SpaceX ya ha convertido esta estrategia en una parte importante de sus planes de largo plazo.
Para hacerlo posible necesita procesadores diferentes de los utilizados normalmente en centros de datos terrestres.
Los chips destinados al espacio deben operar bajo condiciones particulares de radiación, temperatura, consumo energético y refrigeración.
Terafab busca permitir que esas necesidades específicas puedan incorporarse desde el diseño hasta la fabricación del semiconductor.
Tesla, SpaceX e Intel
El proyecto también cuenta con la participación de Intel, que se incorporó anteriormente a la iniciativa.
La compañía estadounidense posee décadas de experiencia en diseño, fabricación y empaquetado de semiconductores y está intentando recuperar competitividad frente a TSMC y Samsung.
Para Intel, participar en Terafab representa una oportunidad para aprovechar una demanda potencialmente gigantesca procedente del ecosistema tecnológico de Musk.
Para Tesla y SpaceX, supone incorporar conocimiento industrial que sería extraordinariamente difícil desarrollar desde cero.
La fabricación de chips avanzados es uno de los procesos industriales más difíciles existentes.
Una fábrica moderna requiere maquinaria de precisión extrema, cadenas globales de materiales especializados, enormes cantidades de energía y agua, ambientes controlados y procesos productivos que pueden tardar años en perfeccionarse.
Construir la infraestructura física es solamente el primer paso.
Conseguir fabricar chips avanzados con un rendimiento suficientemente alto para que sean económicamente competitivos es un desafío completamente diferente.
Una fábrica gigantesca en Texas
La instalación se levantará en Grimes County, cerca del embalse Gibbons Creek.
Las compañías han señalado que utilizarán agua de ese embalse para operaciones industriales en lugar de depender del agua subterránea local.
Terafab amplía una presencia empresarial de Musk en Texas que ya incluye instalaciones de Tesla y SpaceX en distintos puntos del estado.
Tesla comenzó además en abril la construcción de una instalación experimental en el campus norte de Giga Texas, concebida como precursora tecnológica de Terafab.
El proyecto podría crecer considerablemente después de su primera fase.
Documentación previa de SpaceX planteaba inversiones que, considerando las distintas etapas previstas, podrían llegar eventualmente hasta US$119.000 millones.
Eso convertiría a Terafab no solamente en una fábrica de chips, sino en uno de los proyectos industriales privados más grandes del mundo.
La cifra de US$16.800 millones anunciada ahora corresponde a la inversión inicial confirmada para comenzar el desarrollo del complejo.
Una respuesta estadounidense al dominio asiático
Terafab también debe entenderse dentro de una transformación geopolítica mucho mayor.
La mayor parte de los semiconductores avanzados del planeta continúa fabricándose en Asia.
Taiwán, Corea del Sur y, en segmentos diferentes, China concentran una proporción enorme de la capacidad mundial.
Estados Unidos diseña muchos de los chips más avanzados, pero durante décadas trasladó una parte significativa de su fabricación al extranjero.
La inteligencia artificial está cambiando esa ecuación.
Los procesadores dejaron de ser simplemente componentes electrónicos para convertirse en infraestructura estratégica.
Automóviles, robots, sistemas de inteligencia artificial, centros de datos, telecomunicaciones y prácticamente toda la economía digital dependen de ellos.
La pandemia y posteriormente las tensiones entre Estados Unidos y China mostraron además lo vulnerable que puede ser una industria cuando depende de unas pocas fábricas situadas a miles de kilómetros.
Musk quiere integrar todo el ecosistema
La estrategia que comienza a dibujarse alrededor de las empresas de Musk es de una integración vertical extraordinariamente amplia.
Tesla desarrolla vehículos, baterías, robots y sistemas de inteligencia artificial.
SpaceX controla cohetes, satélites y comunicaciones espaciales.
Y Terafab pretende fabricar una parte fundamental de los procesadores que alimentarán todos esos sistemas.
La lógica es reducir progresivamente la dependencia de terceros.
Si funciona, Musk podría controlar una cadena que comienza con la fabricación del chip y termina en robots autónomos, vehículos, satélites y centros de datos orbitales.
Es precisamente esa combinación la que convierte a Terafab en algo más importante que otra fábrica de semiconductores.
Pero el desafío es enorme
El tamaño del proyecto no garantiza su éxito.
La industria de semiconductores está llena de ejemplos de empresas que han gastado decenas de miles de millones de dólares sin conseguir alcanzar inmediatamente los niveles tecnológicos de los fabricantes líderes.
TSMC lleva décadas perfeccionando sus procesos.
Samsung invierte cantidades enormes cada año.
Intel, pese a su experiencia histórica, ha atravesado importantes dificultades para mantener el ritmo de fabricación de los chips más avanzados.
Terafab tendrá que competir con compañías que no solamente poseen fábricas gigantescas, sino décadas de conocimiento acumulado.
También tendrá que conseguir maquinaria extremadamente especializada y formar a miles de técnicos e ingenieros.
Por eso, el verdadero éxito del proyecto no se medirá por el tamaño del edificio.
Se medirá por cuántos chips útiles puede producir, a qué costo y con qué nivel tecnológico.
La carrera de la IA ya no es solamente por crear mejores modelos
Durante los primeros años del auge de la inteligencia artificial, la competencia parecía girar principalmente alrededor del software.
Quién tenía el modelo más inteligente.
Quién podía entrenarlo con más datos.
Quién conseguía mejores resultados.
Pero esa etapa está dando paso a otra competencia mucho más física.
Ahora la carrera también es por electricidad, centros de datos, chips, fábricas y capacidad industrial.
Una inteligencia artificial no funciona sin enormes cantidades de infraestructura.
Y la apuesta de Musk con Terafab parte justamente de esa premisa: quien controle la capacidad de cómputo tendrá una ventaja decisiva sobre quien tenga que esperar a que alguien más se la venda.
Si Tesla y SpaceX logran llevar Terafab a la escala proyectada, Musk habrá conseguido algo mucho más profundo que fabricar sus propios procesadores.
Habrá conectado bajo un mismo ecosistema chips, inteligencia artificial, robots, vehículos autónomos y tecnología espacial.
Y eso convierte a la megafábrica de Texas en una apuesta sobre cómo podría estar organizada buena parte de la economía tecnológica de las próximas décadas.