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Estados Unidos y Arabia Saudita firmaron un acuerdo de cooperación nuclear civil que permitirá al reino desarrollar reactores con tecnología estadounidense y abre una vía legal para enriquecer uranio y reprocesar combustible nuclear dentro de su territorio.

El pacto representa un cambio significativo en la política de no proliferación de Washington y podría modificar el equilibrio estratégico de Oriente Medio, especialmente por la rivalidad existente entre Arabia Saudita e Irán.

El acuerdo fue firmado por el secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, y su homólogo saudita, el príncipe Abdulaziz bin Salman. El documento tendrá una vigencia estimada de 30 años y deberá atravesar un periodo de revisión de 90 días en el Congreso de Estados Unidos antes de entrar plenamente en vigor.

Un programa nuclear con tecnología estadounidense

La cooperación permitirá que compañías estadounidenses participen en la construcción de centrales nucleares destinadas a generar electricidad en Arabia Saudita.

Riad busca reducir el consumo interno de petróleo y gas, diversificar su matriz energética y liberar una mayor cantidad de hidrocarburos para la exportación. Estados Unidos, por su parte, pretende garantizar que sus empresas obtengan una posición privilegiada en el mercado nuclear saudita frente a competidores de China, Rusia y otros países.

El pacto podría beneficiar especialmente a fabricantes estadounidenses de reactores, equipos de generación y sistemas de seguridad nuclear.

Sin embargo, la disposición más polémica no está relacionada con la construcción de centrales, sino con la posibilidad de que Arabia Saudita desarrolle capacidades propias dentro del ciclo del combustible nuclear.

El acuerdo establece una ruta legal para futuras actividades de enriquecimiento y reprocesamiento, aunque no obliga automáticamente a Washington a transferir la tecnología necesaria. Cualquier proyecto específico deberá pasar por estudios adicionales, autorizaciones y mecanismos de supervisión.

Arabia Saudita evita el modelo aplicado a Emiratos Árabes Unidos

El convenio se diferencia del acuerdo nuclear firmado en 2009 entre Estados Unidos y Emiratos Árabes Unidos.

Abu Dabi aceptó renunciar al enriquecimiento de uranio y al reprocesamiento de combustible usado. Esa fórmula fue presentada como el estándar más estricto para impedir que un programa energético pudiera transformarse posteriormente en una plataforma militar.

Arabia Saudita se negó durante años a aceptar condiciones similares y exigió conservar el derecho de producir su propio combustible.

El nuevo pacto tampoco incorpora el Protocolo Adicional del Organismo Internacional de Energía Atómica, un mecanismo que permite inspecciones más amplias y facilita el acceso de los supervisores internacionales a instalaciones o materiales sospechosos.

Washington sostiene que el acuerdo contiene las garantías exigidas por su legislación y que el programa saudita tendrá fines exclusivamente pacíficos. Sus críticos consideran que las medidas de vigilancia son insuficientes para una tecnología con posibles aplicaciones civiles y militares.

El enriquecimiento concentra las preocupaciones

El uranio utilizado en la mayoría de los reactores nucleares debe ser procesado para aumentar la concentración de su isótopo fisible.

Cuando se mantiene en niveles bajos, el material puede emplearse para producir electricidad. Sin embargo, las mismas instalaciones pueden ser modificadas para alcanzar concentraciones considerablemente mayores, necesarias para fabricar material destinado a armas nucleares.

Por esta razón, la capacidad de enriquecer uranio constituye uno de los puntos más sensibles de cualquier programa nuclear.

Las preocupaciones aumentan debido a que el príncipe heredero Mohammed bin Salman ha declarado anteriormente que Arabia Saudita buscaría desarrollar una bomba nuclear si Irán llegara a obtenerla.

Aunque Riad insiste en que su proyecto tiene objetivos energéticos, esas declaraciones continúan alimentando las dudas sobre las consecuencias futuras de concederle acceso a tecnologías avanzadas del ciclo nuclear.

Un mensaje contradictorio hacia Irán

La decisión también expone una contradicción en la estrategia estadounidense hacia Oriente Medio.

Washington ha presionado durante años para limitar o impedir el enriquecimiento de uranio en Irán, argumentando que esa capacidad podría acercar a Teherán a la fabricación de un arma nuclear.

Al mismo tiempo, el nuevo acuerdo permite que Arabia Saudita, principal rival regional de Irán, conserve una vía para desarrollar esa misma capacidad bajo supervisión estadounidense.

La diferencia planteada por Washington radica en la relación estratégica con Riad, las garantías incorporadas al convenio y la promesa saudita de mantener un programa exclusivamente civil.

No obstante, el trato desigual podría ser utilizado por Irán para denunciar una política de doble estándar y justificar su negativa a abandonar completamente el enriquecimiento.

El Congreso tendrá la última oportunidad de bloquearlo

El acuerdo será sometido al procedimiento de revisión establecido por la Ley de Energía Atómica de Estados Unidos.

Durante los próximos 90 días, los legisladores podrán evaluar sus condiciones, presentar objeciones o intentar impedir su aplicación. Sin embargo, bloquearlo podría requerir una mayoría suficientemente amplia para superar un eventual veto presidencial.

Varios congresistas y especialistas en control de armas han advertido que permitir el enriquecimiento saudita podría desencadenar nuevas demandas nucleares en otros países de Oriente Medio.

La Casa Blanca, en cambio, considera que mantener a Arabia Saudita dentro de una estructura dirigida por Estados Unidos ofrece mayores garantías que permitir que el reino busque cooperación con China o Rusia.

El pacto fortalece la alianza entre Washington y Riad, pero también abre una etapa de incertidumbre nuclear. Su impacto dependerá de las condiciones finales, del nivel real de supervisión y de si Arabia Saudita termina ejerciendo el derecho de enriquecer uranio que Estados Unidos ha decidido no excluir.