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La seguridad pública se perfila como uno de los grandes campos de batalla de las elecciones generales de Brasil. A menos de cuatro meses del primer turno, sectores de la derecha brasileña han comenzado a presentar el llamado “modelo Bukele” como referencia para enfrentar el crimen organizado, construir nuevas cárceles de máxima seguridad y disputar el voto de una ciudadanía cada vez más preocupada por la violencia.

El movimiento ocurre en plena carrera hacia las elecciones del 4 de octubre de 2026, en las que más de 155 millones de brasileños están llamados a votar por presidente, gobernadores, senadores y diputados. Si ninguna candidatura presidencial alcanza la mayoría necesaria, el segundo turno está previsto para el 25 de octubre, según el calendario del Tribunal Superior Electoral de Brasil.

La seguridad entra al centro de la campaña

La apuesta de la derecha brasileña tiene un objetivo claro: convertir la inseguridad en el tema dominante contra el presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Reuters reportó que candidatos y figuras conservadoras están prometiendo importar el “modelo Bukele” de El Salvador, basado en una ofensiva de mano dura contra las pandillas, construcción de prisiones y una política penal más agresiva.

Entre los nombres que han abrazado esa narrativa aparecen el senador Flávio Bolsonaro, el diputado Nikolas Ferreira y el exgobernador de Minas Gerais Romeu Zema. Algunos de ellos han viajado a El Salvador para conocer de cerca el Centro de Confinamiento del Terrorismo, conocido como CECOT, la megacárcel que se convirtió en símbolo internacional de la política de seguridad del presidente Nayib Bukele.

El mensaje electoral es directo: presentar a Lula como incapaz de controlar la criminalidad y ofrecer, en contraste, una respuesta rápida, dura y visible frente al miedo ciudadano. Para una derecha que busca reagruparse después de la inhabilitación política y condena judicial de Jair Bolsonaro, la seguridad se ha convertido en una bandera con capacidad de movilizar tanto a la base conservadora como a votantes desencantados.

Flávio Bolsonaro y el plan “Brasil sin miedo”

El caso más explícito es el de Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro y uno de los principales aspirantes conservadores para enfrentar a Lula. El senador presentó un plan de seguridad llamado “Brasil sin miedo”, que incluye la construcción de cinco nuevas cárceles de máxima seguridad inspiradas en el modelo salvadoreño.

Su propuesta también contempla endurecer penas, reducir la mayoría de edad penal de 18 a 16 años, permitir que menores desde los 14 años respondan como adultos en casos graves, reforzar fronteras, desplegar militares en puertos estratégicos contra el narcotráfico y crear cientos de miles de nuevas plazas carcelarias. Varias de esas medidas requerirían cambios constitucionales o legislativos de gran alcance.

La presentación del plan no fue casual. Según Datafolha, Lula mantiene ventaja sobre Flávio Bolsonaro: en una eventual segunda vuelta, el presidente vencería por 47% contra 43%, mientras que en primera vuelta aparece con 41% frente a 31% del senador. Aunque el margen todavía deja abierta la disputa, la fotografía electoral muestra que la derecha necesita un tema capaz de erosionar la ventaja del mandatario.

El atractivo regional del “bukelismo”

El fenómeno no se limita a Brasil. La política de seguridad de Bukele se ha convertido en una referencia para sectores de derecha en varios países latinoamericanos. Su narrativa combina orden, castigo, control territorial y comunicación política altamente visual. En El Salvador, el gobierno sostiene que su estrategia redujo drásticamente los homicidios y debilitó a las pandillas; sus críticos, en cambio, denuncian detenciones arbitrarias, restricciones a derechos constitucionales, presión sobre la prensa y debilitamiento de la independencia judicial.

Ese doble rostro explica por qué el “modelo Bukele” funciona políticamente: ofrece una respuesta emocionalmente poderosa a sociedades cansadas de la violencia, pero al mismo tiempo abre preguntas profundas sobre el equilibrio entre seguridad, debido proceso y límites democráticos.

En Brasil, ese debate adquiere una dimensión mayor. No se trata de un país pequeño con un problema concentrado en pandillas urbanas. Brasil es una potencia continental, con fronteras extensas, redes de narcotráfico transnacional, milicias, facciones carcelarias, corrupción policial y enormes desigualdades territoriales.

El riesgo de copiar sin adaptar

La gran pregunta es si el modelo salvadoreño puede trasladarse a Brasil. Expertos citados por Reuters advierten que el caso brasileño es mucho más complejo. El país ya tiene una de las mayores poblaciones carcelarias del mundo: alrededor de 909.000 presos en 2024, con un sistema que opera por encima de su capacidad. Además, dos de sus organizaciones criminales más poderosas, el Primer Comando de la Capital y el Comando Vermelho, nacieron o se fortalecieron dentro del propio sistema penitenciario.

Ese dato es clave. Si el Estado brasileño responde únicamente con más encarcelamiento, podría terminar ampliando el espacio de reclutamiento y control de las facciones dentro de las prisiones. En otras palabras, el mismo instrumento que promete debilitar al crimen organizado podría fortalecerlo si no se acompaña de inteligencia, control penitenciario, reforma policial, justicia eficaz y recuperación territorial.

Por eso, más que una simple discusión sobre cárceles, Brasil enfrenta un debate sobre modelo de Estado. La derecha propone una respuesta de choque; Lula y la izquierda deberán decidir si enfrentan esa narrativa defendiendo garantías institucionales, proponiendo una agenda alternativa de seguridad o intentando combinar prevención social con mayor capacidad represiva del Estado.

Lula ante una campaña incómoda

Para Lula, el avance del discurso bukelista representa una amenaza política concreta. La inseguridad es un tema donde la izquierda latinoamericana suele tener dificultades para construir mensajes simples y emocionalmente eficaces. La derecha, en cambio, ha logrado convertir el miedo ciudadano en una promesa de orden inmediato.

El problema para el oficialismo es que el debate no se resolverá solo con estadísticas o advertencias sobre derechos humanos. En Brasil, como en otros países de la región, buena parte del electorado quiere resultados tangibles: menos robos, menos homicidios, menos control territorial de bandas y más presencia estatal. Si Lula no logra presentar una respuesta convincente, el “modelo Bukele” puede convertirse en una herramienta de desgaste electoral.

Una elección con impacto regional

La disputa brasileña tendrá efectos más allá de sus fronteras. Si la derecha consigue convertir la seguridad en el eje de la campaña y logra crecer electoralmente con una propuesta inspirada en Bukele, el mensaje para América Latina será claro: el “bukelismo” dejó de ser una experiencia salvadoreña y se convirtió en una marca política regional.

Pero si el debate revela los límites de trasladar ese modelo a un país del tamaño y complejidad de Brasil, también podría marcar un punto de inflexión. La región necesita respuestas firmes contra el crimen organizado, pero la pregunta de fondo sigue abierta: si esas respuestas fortalecerán al Estado de derecho o si terminarán debilitándolo en nombre del orden.

Por ahora, la derecha brasileña ya eligió su bandera. Quiere que la elección de octubre sea, al menos en parte, un referéndum sobre seguridad. Y en ese terreno, el nombre de Bukele aparece como símbolo, inspiración y advertencia.